jueves, 11 de octubre de 2007

Medio kilo de sardinas en Lisboa


Un día, hace unos cuantos otoños, un mendigo vocacional llegó a mi pueblo y se quedó durante un tiempo a vivir aquí. Alguien le dejó un coche viejo –un 2 caballos- para poder dormir resguardado del frío y de la lluvia de esta tierra mía que no perdona las heladas; el resto de las horas las pasaba de acá para allá. Ayudaba a barrer la plaza o a recoger las terrazas de los bares.
Era andaluz. Un andaluz encantador, educado y culto. Barba de muchos años, espesa y gris, y una mirada brillante.
Supongo que en su día decidió renunciar a todo y echarse a la calle. No admitía más limosna que lo que fuera a consumir, bien en comida, bien en dinero, porque el pan que le sobraba consideraba que era una inmoralidad tirarlo, y con los duros de más solía emborracharse y era perfectamente consciente de que perdía las formas. De hecho, a veces, las perdía.
Era un tipo entrañable. Se llamaba Bernabé. A mi me gustaban sus maneras, y presumo que al resto del pueblo también le gustaba, pero no puedo afirmarlo porque la estructura colectiva de la gente no es homogénea y vaya usted a saber cuantas suspicacias puede despertar una persona libre en un entorno variopinto, acostumbrados como estamos a prejuzgar por el aspecto exterior más que por el interior. Y no es que esté intentando criticar la vida cotidiana de un pueblo, qué va, qué va; lo que intento hacer, con mejor o peor fortuna, es un retrato robot de una comunidad rural que tantos puntos en común tiene con las comunidades capitalinas o, mejor dicho, urbanas. Pero tampoco voy a meterme en berenjenales porque seguramente exagere o me quede corta. La precisión no es precisamente mi fuerte.
Tengo alguna anécdota de Bernabé que, contada así, evidentemente carece del efecto visual que me causó. Hay mucha gente que dice más con sus ademanes o con su mirada, que las palabras ajenas por mucho que una se quiera acercar a los hechos.


Una mañana alguien le peguntó que cuánto hacía que no se afeitaba. Él, distraídamente, miro hacia otra persona que pasaba por allí e inmediatamente le soltó:
-¿Cuánto vale el medio kilo de sardinas en Lisboa?
-Pues… no tengo ni idea -contestó perplejo el tercer hombre-
Y añade Bernabé, ya mirando a la primera persona:
-Lo mismo me pasa mi... que no tengo ni idea de los años que hace que no me afeito.


O aquella otra vez en la que me contaba, no sin emoción, que un día estaba viendo un partido de fútbol en un bar, y que en un momento determinado, el cámara apuntó directamente al cielo; era una noche de luna llena y durante varios segundos en la pantalla la única imagen que quedó fija era precisamente esa, la de una luna llena exuberante. Entonces él, desde la ventana que daba a la calle, miró hacía arriba y allí mismo estaba la luna, que era la misma que la de la televisión. Me dijo que estaba, si mal no recuerdo, en Valencia, y el partido se retransmitía en directo desde otro país europeo.
Entonces yo me lo imaginé mirando hacia el cielo y hacia la tele casi simultáneamente, disfrutando del doble placer de una misma luna. Y me lo imaginé así porque así, emocionado, me lo trasmitió.
No sé, quizá esté idealizando a este hombre, quizá esté pasando por el cedazo de mi memoria instantes de hace ya muchos otoños. Ya sabemos la destreza que tiene la mente a la hora de cribar recuerdos. Pero no, no, Arroba y Queta también lo conocieron y más de una vez hemos hablado de él.
Años antes de Bernabé, en mi pueblo tuvimos otro mendigo forastero no menos pintoresco, Pepechurra lo llamábamos. Sólo que por aquellos entonces ser mendigo era sinónimo casi de bufón y acababa siendo siempre el blanco de todas las burlas.
De Pepechurra se contaban historias infinitas. A eso ahora se le llama leyendas urbanas, pero me resulta a mí el término muy recargado, casi como cursi.
Se decía que Pepe era de una familia multimillonaria y que se había marchado de casa porque… La verdad es que ahora mismo eso trozo de la historia no lo recuerdo. Lo que está perfectamente archivado en mi memoria es la parte en la que decían que de vez en cuando se veía a un señorón en un Rolls-Royce detrás de él. Hablo de hace unos… treinta y muchos años.


Estamos a mediados de octubre. El mes más bello del calendario. La foto que pongo, que está sacada esta misma tarde, fue quien me inspiró esta entrada.

viernes, 5 de octubre de 2007

Sin dios

Domus Municipalis- Bragança, Portugal


No tengo más patria que la bóveda de mi cuerpo,
y aún así mi corazón, en ocasiones, ni siquiera me pertenece.
La tierra que pisan mis pies mil veces antes fue pisada.
Porque... ni es mía, ni era suya, ni será nunca de nadie.
No existen en mi vida banderas que escondan injusticias
ni tronos que perpetúen una estirpe inventada.
No hay un dios que cautive mi espíritu
ni existirá jamás en mi camino un recodo en el que apostarme,
palabra en mano,
para privar de libertad, o de vida, a un semejante;
ni en el nombre de ese dios
ni en el nombre de ningún inflamado patriota
enardecido por el ansia de poseer el Universo.
Porque el Universo, mi universo,
va desde mi mente hasta la suela de mis zapatos,
incluyendo mi sexo y mís poemas.
Y por eso yo decido
que no quiero más patria que mi cuerpo y mis sentidos.

lunes, 1 de octubre de 2007

Las orquídeas de Isabel (II)

Pongo aquí las orquídeas, porque merece la pena verlas en grande.
Toditas para tí, poeta.










Las orquídeas de Isabel



¡Qué delicadeza!

Esto es un experimento. No sé si se verá bien porque son fotografías que he dado formato de vídeo (o como quiera que se explique) y no sé yo...
Si alguien me confirma que se ve y, además, que se ve bien, me podré contenta.
Dicen que hay unas ventisiete mil especies de orquídeas. ¡Ahí es nada!
Y también dicen que sus flores son hermafroditas y que su nombre deriva del griego orkhis (testículo) por la forma de sus pseudobulbos.
Dicen también que Confucio fue gran amante de esa flor; consideraba que "la vinculación con un ser superior era como entrar en un mar de orquídeas".
Qué historia más bonita para escribir un cuento...


sábado, 29 de septiembre de 2007

Tengo caspa


Gato en el tejado. Alcañices (Zamora)
Sé que cuando sea una ancianita encantadora de pelo totalmente gris y arrugas en las entrañas, me arrepentiré del todo el tiempo que he perdido entre toma y toma de decisiones que, al final, de cada diez, sólo media salió adelante.
Recuerdo que mi primer deseo (no carnal) fue ser periodista, luego bióloga, más tarde arquitecta, pero antes de
todo eso, poeta y escritora. Escritora de grandes novelas cuyos argumentos guardo bajo palio en mi mente a la espera de ser desarrollados dentro de unas tapas duras, y con letra bastante legible (no soporto las ediciones de bolsillo).
Me da igual lo que me diga a mi misma, o lo que me digan los demás, porque soy de piñón fijo y tengo la cabeza cuadrada (adornada, eso sí, con una abundante cabellera que tapa una dermatitis seborreica que no tendría inconveniente en vendérsela a precio de saldo al primer ignorante que se interesara por ella).
Digo esto porque esta tarde me he dado cuenta que ya estamos a finales de octubre y hace nada estaba a punto de comenzar agosto. Los meses a veces se me pasan de dos en dos. Hasta el calendario se mofa de mí. Pero más tonta soy yo que lo dejo; desde luego que no soy del gremio de los hiperactivos ni falta que me hace, pero es de justicia reconocer que, aunque sea lo más fácil, es incomodo.
Lo malo es si -con todos estos antecedentes- me convierto en vez de en una anciana encantadora, en una vieja cascarrabias, renegrida por los malos humores, que añora más que nada una vida que le correspondió y sin embargo dejó escapar entre las grietas de un falso conformismo (léase
incapacidad para hacer otra cosa que no sea nada).
Menos mal que la fotografía me asiste en estos escasos momentos de crisis existencialistas.
Y a todo esto, permítaseme un par de preguntitas sin mala intención:
-¿Os gustan las ediciones de bolsillo?
-¿Qué champú usáis?
Cambiando de conversación... llevo dos semanas diciéndome:
-A ver, bonita, cuando te animas
a poner reseñitas en tus blogs* de culto, que eso a ti te gusta más que a un alcalde las comisiones.
(* ¿Leí en algún sitio que la R.A.E. admitió ya la palabra blog, o me lo he inventado?)
Foto para Moony. Campanario de Cional (Zamora)

lunes, 17 de septiembre de 2007

Casi mil días



"Lo siento pero… hemos acabado. No insistas, es mi última palabra, la decisión está tomada. No tengo nada más que añadir. Adiós, Lola”.
Con estas palabras, Juan ponía punto y final a una relación de casi tres años que jamás había empezado.
El espejo fue su único testigo; despiadado y mudo confidente que le devolvía, detrás cada palabra, el mismo rictus triste con que era pronunciada. Le faltaba convicción, es cierto, pero era necesario poner límites a tan cruel zozobra.
Juan estaba locamente enamorado de Lola. La quería con desbordada pasión, la amaba. La amaba pensando en ella mientras se acurrucaba en su sillón. La amaba en las noches a solas de su cuarto dibujándola con sus dedos. La amaba siempre. La amaba en su coche, en el cine, paseando por el parque. La amaba cuando, allá en los recesos de las 12, iban a la cafetería, pero tan sólo una vez se atrevió a rozarle levemente su mano mientras le acercaba una taza de café. La amaba, sobre todas las cosas, al atardecer de los días.
Los fines de semana no tenían sentido porque no podía verla,
sentada en la silla, mientras atendía el teléfono o pasaba algún informe al ordenador.
Estuvo casi tres años deseándola, pero Lola …no lo sabía.
Ella era guapa y dicharachera. Él era
tímido… Ella era la mujer de su vida. Él era tan tímido…
Lola nunca supo que para Juan fue una diosa durante esos casi tres años que trabajaron juntos y que, a pesar de la decisión de abandonarla, seguiría siendo, en el más estricto de los silencios, la musa de sus poemas, el desvelo de sus noches, el único afán de sus sentimientos, el sentido de su ramplona existencia.
Lola nunca sabrá que la dejó porque nunca supo que la tuvo.
Juan, esa misma tarde, se fue a trabajar a otra ciudad y Lola, al día siguiente, empezó a echarlo de menos. Era –pensaba- tan encantadoramente tímido...

viernes, 7 de septiembre de 2007

Dulce erotismo

Foto: Estación de Medina del Campo (Valladolid)

Sucumbí, sin remedio, a la tentación.
No quería hacerlo; llevaba varias semanas negándome a esa posibilidad sin embargo… al final pudo más en mí la lujuria que el sentido común que debe imperar ante un acto que, a fuerza de ser inconveniente, debí haberlo contemplado como necesario para el correcto funcionamiento de mi salud y mi conciencia.
Llevaba varios días provocándome, y yo procuraba en todo momento no darme por aludida; evitaba cualquier contacto visual con él precisamente porque sabía que si volvíamos a mirarnos, intimaríamos y yo acabaría rindiéndome. La carne (¡mí carne!) es tan débil…
Puesto que desde hacía algunas lunas cohabitábamos en la misma casa, decidí que su lugar en ella fuera lo más lejos posible del mío. Alguna vez incluso pensé en desahuciarlo, pero no tuve valor suficiente. Al acercarme dónde se encontraba, me faltaba decisión para actuar con la naturalidad que se le supone a una mujer que hace algo más de diez años rebasó la treintena y, con disimulo, para que no se me notara mucho, cogía, por ejemplo (qué solmené tontería), una manzana a la que paseaba por mis manos en un torpe intento de emular a los acróbatas de circo mientras emitía unos silbiditos que eran nada más que aire (nunca aprendí a silbar en condiciones, me da una rabia).
Así estuve casi dos meses, evitando cualquier roce carnal. Pero es que… él... me provocaba cada vez que cruzábamos la mirada. La verdad es que de alguna manera yo sentía esa necesidad, una necesidad que extralimitaba los líndes de lo físico.
Al final, esta tarde no pude por menos y lo tomé entre mis manos, con ansiedad lo despojé de su envoltorio rojo y lo mordí con deleite. Dejé que entrara en mí su esencia y, lejos de resistirme, entregué mi cuerpo y mi alma al pernicioso y, sin embargo, placentero acto.
Cerré los ojos y una dulce sensación hipotecó mi mente.
Volví a abrirlos: casi sin enterarme había engullido, de una sentada, media tableta chocolate nestlé. A partir de ese instante, los engranajes de mi conciencia empezaron a chirriar en connivencia con el factor de mi organismo que rechaza el manjar y las orondas calorías que empezaban a tomar posesión de sus dominios dentro de la ya de por sí rolliza estructura abdominal que poseo.
Y ahora me siento como si estuviera en medio de la vía, tentando la suerte, aún a sabiendas que el tren no se detendrá y la única opción sensata hubiera sido ponerme a salvo en el andén, como aquella vez de la foto que ilustra esta confesión.
Me dijo la alergóloga que el chocolate me provocaba alergia pero aún así llevé una tableta de tan sutil manjar para casa, más que nada por… si subía algún niño. Pero es que resulta que ahora a los niños ya no les gusta el chocolate tanto como nos gustaba a los de mi generación. Y de verdad que hubiera sido una pena dejar que se pusiera rancio.
Qué los dioses sepan comprenderme.
Total que ahora me toca rezar esa oración que hace años pulula por Internet: “Señor, si no puedes hacer que adelgace, haz que engorden todas mis amigas. Amén”. Y bueno, para compensar, tendré que buscar otra jaculatoria que disculpe mi falta de sentido común ante la desobediencia de una prescripción facultativa.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Esperando al otoño con los poros abiertos...


Girasol (Alcañices)


Lago de Sanabria (Zamora)

Al otro lado de la catedral (Zamora)

viernes, 18 de mayo de 2007

Pinceladas

La tarde declina entre un batir de alas y colores imposibles que amenazan tormenta. Aún así, los chopos no dejan de nevar, acumulándose las virutas blancas entre las esquinas de todas las cosas.
Sobre un montón pequeño de arena, un perro olisquea un trozo de plástico mientras en el cielo un avión va dejando una estela de efímero pespunte. Un poco más adelante, un par de amapolas traspasan el alma, sin dañarla, de una pared de piedra y decido fotografiar ambos instantes.
En una plazoleta, varios niños apuran las últimas horas de libertad antes de la cena y del posible chaparrón con aparato eléctrico.
Al lado, en una ventana, una mujer riega con mimo y copla sus geranios mientras en un balcón del otro extremo de la calle, ajeno al mundo, un anciano dormita una de sus últimas primaveras.
Dos chicas adolescentes cruzan riéndose a bocajarro porque en la otra acera, un guapo chico con granitos en la frente, deja escapar un silbido mientras sus ojos las persigue y sus pies tropiezan con un escalón.
Tras el amplio ventanal de un bar un hombre juega a hacer un solitario con una baraja sobre una mesa de tapete verde; el camarero departe en la barra con dos clientes mientras otro, un poco más apartado, ojea un periódico.
A punto de quebrarse, un haz de luz se cuela por entre el escaso espacio de dos tejados para acabar diluyéndose entre las sombras que proyectan, sobre la carretera, las fachadas.
Calle arriba un par de hombres hablan animadamente. Otro hombre más joven pasa a su lado, lleva un niño de la mano. Les dice adiós sin palabras, tan sólo con un movimiento de cabeza. Con idéntico ademán le devuelven el saludo. El niño va saltando sin soltarse. Tiene unos 4 añitos.
La bocina de un coche color granate rompe el lienzo de los últimos instantes de la tarde y una mujer muy joven apura su paso para acercarse, sonriendo, hasta él. Deben ser novios.
Otras tres mujeres, con gesto cansado, bajan por la cuesta. Vienen de su paseo vespertino por el monte. Lo sé porque las veo casi todos los días a esta misma hora regresar, enfundadas en sus chándales. Una de ellas trae un ramo de flores y de vez en cuando, inconscientemente, estoy segura, lo acerca a su nariz.
Y mientras todo esto va sucediendo, una orquesta de pájaros ofrece un recital polifónico que dará paso a la gran sinfonía nocturna de la luna.
Llego a la puerta de mi casa y tengo la necesidad de pintar con palabras esta acuarela.

viernes, 4 de mayo de 2007

Para siempre...


Foto: Puerta del cementerio. Alcañices, Zamora
¿La muerte forma parte de la vida o no tendrá nada que ver?
Quiero decir que si la vida es, eso, vida,
la muerte no tiene porqué ser un accesorio ya que no completa un ciclo, sino que acaba con él, ¿no?
Las cosas adquieren sentido cuando un@ mism@ es quien se lo da, y la vida desde luego que, en origen, tiene sentido. ¿Lo tiene la muerte?
Vivir es recorrer un trecho, más o menos largo, lleno de vivencias que desembocan
en estados anímicos que nos llevan de la mano justo hasta el siguiente tramo. Y así hasta llegar al instante final, en el que no hay opción a más paseos.
¿La muerte como alegoría de la vida? Pues no. De dónde habré sacado yo esa tontería.
Dicen que en algunas tribus, el nacimiento de un bebé se recibe con tristeza porque nunca se sabe lo que le depararán los años que le toque vivir; sin embargo la muerte de cualquier persona la celebran con cierto júbilo, porque se entiende que pasa a una mejor vida en la que no le faltará de nada (sic).
En la religión católica la muerte se celebra con tristeza y lagrimas y, sin embargo, quien se muere dicen que también
pasa a mejor vida. Bueno, depende, si quien se muere ha sido malo va al infierno, que ya vuelve a estar operativo. Los de medianas intenciones malévolas, van al purgatorio, que también ya han acabado de restaurar después de años fuera de servicio. Los buenos del todo van derechitos, sin paradas intermedias, al cielo. Durante toda su pía existencia, por cada 10 obras buenas, un punto (como los del starlux de antes) y así, con la cartilla perfectamente cubierta, hala, al paraíso de cabeza.
A mi esto de la muerte me asusta por temporadas. Pero no sé bien si es mi propia muerte la que me acongoja o es la muerte ajena. Tal vez pase que no estemos preparados del todo para morir ni para ver marchar para siempre a quien tanto hemos querido.
Es que
para siempre es tanto tiempo…
Dice el refranero que el que pierde es quien se va, pero no tengo yo eso muy claro.

sábado, 21 de abril de 2007

Mariposas



¡Acabo de ver una mariposa amarilla!

Cuando era pequeña, creía a pies juntillas que ver una mariposa era el presagio de que algo bueno me iba a suceder. Y como por muchas mariposas que viera nunca me pasaba nada fabuloso, tuve que inventar la necesidad urgente de pedir un deseo cada vez que pasaba una volando cerquita de mí (asunto este bastante habitual en un pueblo rodeado de naturaleza en estado puro por todas las esquinas, donde los insectos, pájaros y demás bicherío volador, forman parte del paisaje costumbrista). Es cierto que abusaba de la proporción para ver si la casualidad me beneficiaba, pero aún así aquello tampoco funcionó y yo me desesperaba en silencio tal vez porque ya desde bien niña, mis deseos fueron siempre imposibles. Tan imposibles que ni el niño Jesús ni su santísima madre en su infinitísima bondad, tuvieron nunca la deferencia de concederme; cuando tuve 9 años o así, los despedí de mi vida para siempre, por su evidente incompetencia. Más de un castigo me costó con la patronal de hábitos azules y con mi progenitor, pero nunca di marcha atrás.
Me hace gracia pensarlo ahora que ya soy cuarentona y mi niñez reposa para siempre entre la frustración de los desencantos y aquellos primeros poemas cargados de lirismo, en los que no tenía empacho en declararme la persona más infeliz del mundo. Pero eso sólo lo sabíamos mi cuaderno de anillas, mi bolígrafo BIC (que me pirriaba sobre todos los bolis) y yo. Al resto del mundo no le importaba y empecé a enfundarme en una escafandra que, con los años, afortunadamente aprendí a quitarme.
El caso es que a estas alturas, aún no sé bien si es la vida quien nos va marcando o somos nosotros quienes la pautamos.




miércoles, 18 de abril de 2007

Inventos

Foto: Farola en Tordesillas (Valladolid)

De los inventos, pienso, el más importante es la electricidad. ¿No? Y no me refiero sólo darle a un interruptor y que se encienda la luz, sino a todo aquello que funciona a través de la red eléctrica, que son cantidades importantes de aparatos que usamos a diario y que forman parte de la vida, como el agua que no es que sea un invento, porque viene de las nubes, pero a estas alturas de la película nos es imprescindible. Bueno… el agua viene de las nubes y las nubes, a su vez, son agua evaporada. Y ya estamos otra vez con la historia de quien fue primero, el huevo o la gallina…
Enumerar los inventos eléctricos generados a partir de electricidad sería largo y aburrido; además tengo encima un trancazo de tres pares de conejos desde el domingo que, seguramente, me haría meter la pata y como la fiebre sube y baja, a lo mejor en un embiste incluyo también las velas de cera como ejemplo.
La cosa es que no tengo fuerzas ni para escribir más ni para leer, lo que lamento profundamente porque llevo un par de días aburriéndome soberanamente en casa.
Pero eso sí, en un instante de lucidez que me acaba de venir, me gustaría preguntaros qué invento, no necesariamente eléctrico, os parece más revolucionario (y no vale decir Internet).

sábado, 14 de abril de 2007

76 Aniversario de la II República


Hoy es fiesta en mi Café. Barra libre para tod@s, sin límite de vasos llenitos, hasta el borde, de esperanza, y a la vez nostalgia de lo que pudo haber sido.
Esta mañana del
14 de abril, me desayuno con un hermoso texto de Júcaro en el que expresa, con la maestría que le caracteriza, aquello que a mi me hubiera gustado describir pero... se me amontonaron los trazos y no logré dibujar la acuarela tricolor de sentimientos que hubiera deseado plasmar aquí, para conmemorar el 76 aniversario de la II República.
Sigo leyendo otro de mis Cuadernos de Culto, el del otro maestro, Jovekovic. No podía ser de otra manera y él también celebra la efemérides con un impecable texto que me eriza la piel.
Antes de cerrar, echo un vistazo por otros sitios amigos y me emociona leer a otro as: Wilde. Bien sabía yo que tampoco él dejaría pasar mucho rato sin su aportación a la causa.
También me he pasado por el sitio intachable de Una Mujer Desesperada y naturalmente tampoco podía faltar su inestimable mención al aniversario.
Rojaz@s, que sois unos rojaz@s.
A lo largo del día, muchos más blogueros hablaran del tema. Otros lo harán de manera despectiva pero... eso qué importa.
La Tercera
está al caer. ¿Vosotr@s qué opináis?
¡¡SALUD Y REPÚBLICA!

lunes, 9 de abril de 2007

Orgasmo otoñal

Foto: Ribera de Alcorcillo (Zamora)
La satisfacción que produce una cosa bien hecha no se puede dibujar, ni transcribir al papel, ni fotografiar. Si acaso esto último la cámara lo capte en la expresión de la cara. Pero vamos, que nunca se acercaría ni remotamente a lo que realmente se siente interiormente.
No es que yo haya hecho nada últimamente que me satisfaga plenamente.
Pero se me acaba de ocurrir que qué agustito iba a quedar si hiciera todo lo que tengo atrasado. Y todo aquello que debería hacer para un mejor funcionamiento de mi psique. Pero como que… no me da la gana. Toca época rebelde. Será la primavera digo yo. Aunque en invierno también me pasa. En verano no digamos, ahí si que estoy en dique seco tanto físico, como psíquico, como intelectual y de lo otro. Sin embargo el otoño es otra cosa.
El otoño en sí es lo que más satisfacción me produce. No sé... como si fuera un orgasmo terapéutico, ese que se provoca un@ mism@ sin necesidad de sexo compartido. Me parece que la comparación, sin ser desafortunada, desbarra un poco. Aunque sospecho que nos entendemos, que el símil, aunque no tenga nada que ver sobre todo en la parte final, al menos capta algo de la cosa característica del ejemplito. Vaya por dios, mejor no sigo que me lío, me lío…
¿Cuál es vuestra estación preferida?

lunes, 2 de abril de 2007

La Iglesia Roja de Vallecas


Acabo de enviar este correo a mis contactos de la lista y voy a hacer lo propio aquí, en mi Cuaderno:

Me desayuno con esta noticia que me provoca un rechazo tremendo a lo que, de por sí, ya rechazaba: el Emporio Vaticano.
Desde luego que si se derrumba una iglesia a mi no me pilla debajo, pero... me pregunto si Rouco de verdad va a ser tan tan inhumanamente capullo como para cerrar la " Iglesia Roja de Vallecas", uno de los pocos lugares en el mundo donde realmente la Iglesia, por medio de tres curas desinteresados, da la talla.
Cuando hablo de que la Iglesia "da la talla", evidentemente me refiero a nivel individual, porque como organización son una panda de mafiosos indignos.
Confío que Enrique Castro movilice a medio Madrid para evitar el cierre. Y bueno, supongo que en Internet pedirán firmas de apoyo. Si os enteráis de algo, id avisando.
Se me ha atragantado el desayuno.