sábado, 12 de marzo de 2011

Coñac francés y otros analgésicos

A Dorita le da por cantar cuando está triste, pobre mujer, si supiera cómo desentona se pegaría un tiro con una pistola de agua. A mí, sin embargo, mientras me dura la tontería me da por negarle el pan y la sal a toda sospecha humana o divina que pulule en derredor y, además, procuro no escribir porque si escribo sangran las teclas, o el bolígrafo, de tanto lirismo y al releerlo me doy una patada en la espinilla porque bien sé que todas esas tristezas se solucionan con una tableta de chocolate o, en su defecto, con una buena copa de coñac francés. En mi vida lo he probado, es cierto,  pero veo cómo lo disfrutan quienes lo beben, cómo lo paladean, con cuánto amor, con qué sutileza a la vez que maestría dan meneítos a la copa hasta que el aguardiente acaba en la gola del catador y, más tarde, en el desagüe del inodoro pero en fin, esto último no debí ponerlo ya que es una ordinariez decir en el blog de una señorita como yo que todo lo que se bebe, se mea.
Dorita, independientemente de su mala voz, es una mujer muy castiza y ella sabe bien que quien canta las penas espanta aunque… debería decirle lo del chocolate. Lo del coñac mejor no, no vaya a ser que le remueva recuerdos enterrados; su marido (que en gloria esté, como dice ella sin demasiado convencimiento), murió de cirrosis.

3 comentarios:

Isabel Romana dijo...

Me apunto al chocolate: hoy por hoy, es uno de los mejores consuelos. Un abrazo, guapa.

Talín dijo...

Da gusto entrar en la república y degustar, como fino coñac francés o español o del origen que sea, estas breves narraciones.

Fdo: Senocri

Jorge Arbenz dijo...

Yo me quedo con el chocolate de largo; claro que unas bravitas y una caña fría...