domingo, 7 de septiembre de 2008

Botas de montaña

Acuarela: Una manzana verde


Hay quien dice que no se arrepiente de nada en su vida. Qué suerte, porque yo me arrepiento de tantas cosas qué he hecho y sobre todo, me arrepiento de tantas otras que debí hacer y no hice.
Si hay dos caminos, uno a un lado y otro al otro, la inmensa mayoría de las veces he tomado el de el medio, ese que está perfectamente asfaltado, sin darme cuenta que el alquitrán va desgastando la suela del calzado y va quemando, poco a poco, el alma; porque resulta que el alquitrán es inflamable.
Una vez me dijeron “tomes la decisión que tomes, siempre te vas a equivocar”. En ese momento no se me ocurrió desgranar el sentido de la frase, supongo que porque formaba parte de una conversación posiblemente intrascendente, pero al cabo de unos minutos, sacándola de contexto, sospeché que la oración era errónea o por lo menos errónea en la medida que yo la interpreté. Ahora, muchos años después, estoy convencida que, efectivamente, estaba totalmente errada la sentencia.
Hay decisiones que se toman -eligiendo el camino de tierra batida- y cambian íntimamente el sentido de la vida; pero el polvo se sacude y las botas siguen estando impecables.
Y hay otras decisiones cuya orografía es ora pedregosa, ora árida. Sin embargo, dicen que una vez alcanzado el otro extremo aparece un frondoso valle.
Es decir, hay decisiones que no van más allá de uno mismo y que no perjudican ni benefician a terceros. Y hay otras que posiblemente cueste mucho trabajo tomarlas, tanto como piedras te encuentres en el camino, pero que sería tan conveniente como necesario consumar, aunque para ello tengas que asumir o, mejor dicho, renunciar a ciertos tramos perfectamente asfaltados en tú vida.
¿Y porque pienso yo ahora mismo en estas cosas? No tengo ni idea. Debe ser porque buscando en el armario de la galería betún de judea para teñir un maletín de madera que compré esta tarde en Bragança, me topé con unas botas de montaña que hace años que no pongo.

*Arroba, te he copiado lo de la cajita para meter las acuarelas y los pinceles. Soy una copiona. Que los dioses sepan perdonarme. Y si no saben, que le den por saco.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Del verbo obsesionar

Foto sacada en Castillo de Alba, Zamora

Este poema lo acabo de encontrar entre mis cosas extraviadas. Lo bueno de extraviar algo es que, aunque sea a destiempo, acabas encontrándolo.


Todos los hombres y mujeres que he amado están en ti
y no puedo parar, amor, de socavarte,
de indagar los secretos de tu piel,
de sumergirme en el mar de tus pecados
y pecar contigo amor,
y sentirme al otro lado de tus labios
y caminar sobre el murmullo de tus besos


Lo escribí una vez y no olvidé jamás. Hay cosas que no se deben olvidar, porque si se olvidan, dejarían de existir para siempre. Y no quiero. Está inacabado, pero me gusta así. Tal vez lo concluya algún día., pero eso ahora mismo no lo sé. Empieza septiembre y el otoño está al caer. Quiero ir al mar, tengo necesidad, pero no sé bien cuando será. Y también quiero una casita en la playa. Lejos de todo y a la vez cerca de… ¿De? Si no lo acabo siempre existirá en mí la posibilidad de seguirlo eternamente. Un poema eterno. ¿Eterno? ¿Es que existen cosas eternas? Cuando pones punto y final a un poema será, digo yo, que el asunto está, para bien o para mal, zanjado. Y si no se acaba jamás… ¿Qué pasará cuándo no se acaba jamás un poema? Las cosas que se olvidan no han sucedido nunca. Un otoño en mi casita de la playa, ¡Oh! La primera vez que vi el mar fue a los nueve años, y esa imagen existirá para siempre presidiendo mis recuerdos. Te echo de menos, Male. Y otra vez, era otoño también, el mar fue testigo del más hermoso de los poemas; tienen que existir aún huellas en la arena. Hace calor y yo detesto el calor. Siempre que tengo ocasión lo digo, como si al decirlo me refrescara con la frase. Una casita en la playa… Mejor no lo acabo. No, no lo acabaré. Cuando jugamos con Diego a las palabras encadenadas, no hay ninguna que empiece por “cio”, da una rabia. No lo acabaré. Las obsesiones no son buenas. Gloria está harta de decírmelo. Dan un tinte real a las cosas que obstruyen la mente y, mire usted, luego la caída es más dura y encima la mercromina ya no es roja. Antes una heridita a flor de piel se distinguía en su gravedad por el exceso o la discreción del antiséptico colorao. Ahora es transparente y nadie se entera, y además se llama cristalmina, que suena a nombre de princesita cursi de cuento. Ah, bueno, o el betadine, pero qué feo es de color. Llevaba varios meses sin ordenador y al final, que si sí que si no, hubo que cambiarle el disco duro porque daba no sé que tipo de error. Pablo lo sabe. ¿Y si a mi me cambiaran el disco duro? Calla, Pilar, calla, que te veo venir. Anoche soñé que suspendía un examen y en el sueño mi cara era de total frustración. Ahora que no tengo que examinarme de nada, voy y sueño con exámenes. Seré pava. Lo interpreté en el acto y supe qué tenía guardado en mi inconsciente pero ya debí olvidarlo porque no recuerdo en absoluto la conclusión. He pintado un cuadro. Fue ayer por la tarde. Es un árbol en una pradera verde, pero verde verde y salpicada de flores. A la derecha hay un matorral que parece una roca, y el cielo es azul tormenta porque no supe mezclarlo bien con acuarela blanca. En el árbol hay una sola manzana roja; roja roja como la mercromina y la obra se titula “una manzana verde”. La genialidad es de Carmen. Hay tres pájaros también. Volando, claro. Qué chulitas son las cigüeñas y encima medio ambiente les pone miradores, que no digo que esté ni bien ni mal, sólo que qué chulitas son, en esta foto se ve bien lo que digo. La saqué viniendo el otro día con Amparo de un sitio en el que había un embalse y ni una sola sombra. Una casa en el mar...
No pondré jamás un punto y final en el poema, lo acabo de decidir por unanimidad conmigo misma.

sábado, 12 de julio de 2008

En el metro de París

Foto: Estación de metro Invalides. París


En el metro de París las personas siempre van callando, con prisa, sus cuitas. No miran de lado, sólo de frente. No sé que pensarán, desde luego en su vecino inmediato de asiento o barra vertical, no. Supongo que en los metros de las ciudades grandes siempre es así; por fortuna no lo sé porque no soy usuaria de ese vehículo. En mi pueblo sólo hay calles y callejas y en el subsuelo habrá lo que haya pero túneles con raíles y vagones abarrotados de gente, no. Hay campo -de eso estoy bien segura- mucho campo, tanto que si miras al infinito sólo ves cielo y monte. Podría explicarlo mejor, pero no estoy inspirada.
En el metro de París el entramado subterráneo da miedo, tantas rayas y estaciones en el plano, tanta gente siempre deprisa con el bono aún en la mano porque no da ni tiempo a guardarlo.
Impresionan los angostos túneles azulejados, y adornados con papelones de cosas para comprar o de películas de inminente estreno. Quizás lo único estático que hay en las estaciones sea eso, los anuncios enmarcados sobre las paredes cóncavas. Porque el resto de lo que pulula allí abajo se mueve a una velocidad vertiginosa. Incluso quien llega dos minutos y pico antes de que pase el tren siguiente (pasa cada tres), mira el reloj constantemente e inmediatamente dirige con ansiedad la mirada al oscuro túnel que antecede al metro que está a punto de llegar. Y cuando llega, todos en tropel suben en los distintos compartimentos. Siempre hay gente que viene de la estación anterior cómodamente sentada, pero que, inevitablemente, se bajan en la siguiente y casi ni da tiempo a escrutar sus caras de hastío e inventarle una biografía que los libere del peso de todo el asfalto de la ciudad sobre sus cabezas.
Sólo toman asiento por breve espacio de tiempo los turistas de pueblo que visitan la ciudad. No es que se note la procedencia rural, pero sí la calma que emana de sus caras.
Un racimo humano de razas a cada 3 minutos se da cita en los sótanos de París. Sobre todo negros, orientales y sudamericanos y después árabes e hindúes, y por último europeos de distintas nacionalidades. Lo sé porque a veces, si van en un grupo dos o más personas, si intercambian alguna palabra, por el sonido me atrevo a diagnosticar su lugar de procedencia. Una de idiomas no sabe, pero sí de sonoridades fonéticas.
Frente a mi, dos chinos o japoneses (aquí patino…) ni se inmutaron cuando una compatriota suya (por lo menos de ojos), quedó atrapada durante larguísimos segundos entre las puertas automáticas del vagón mientras intentaba entrar a toda prisa para bajar justo en la siguiente estación.
Un chicarrón negro se sentó al lado de otro no menos fornido hombretón también negro y ni se miraron. Y fíjate, yo juraría que eran del mismo sitio porque los rasgos eran idénticos. Decir que fueran parientes me parece exagerado, pero juro que lo pensé.
Una pareja sudamericana cargada de niños y de bolsas, a duras penas encontraban sosiego en el habitáculo rectangular; de pie en el pasillo mientras sujetaban las bolsas se le escapaban los niños, y miemntras sujetaban los niños se le escapaban las bolsas. Al final el mayor de los cuatro cobró mientras de una bolsa se escapó un paquete de cacao en polvo y un par de bagetes.
Un hombre con barba de muchos días bostezaba al mismo tiempo que limpiaba las gafas con un pañuelo de papel. Después de frotó los ojos y siguió dormitando tras los cristales limpios.
Uy, si yo viviera en París, usaría siempre bicicleta.

Foto: Mujer descansando en un parque. París

domingo, 30 de marzo de 2008

Hojalata

Foto: Semana Santa 2008 - Zamora
Una frase vacía de contenido suena como suena la hojalata. Es decir, si a una persona tú le dices por decir: “qué bien te sienta ese tinte pelirrojo”, el eco de la voz chocaría contra la pared de nuestra sinceridad emitiendo este tintineo:
QueeBienTeSienntaEsseeTitintinnnteePelirrrroJouuu
Así, leído, no sale muy favorecido el ejemplo, pero dicho a media voz rugiría cual onomatopeya de la lámina estañada que titula esta entrada. Y es que a veces las palabras que decimos significan lo contrario de lo que pensamos. ¿Por qué? Pues no sé, pero semejante comportamiento no deja de ser parte activa en la mente del ser humano. Aunque a veces lo disimulamos tan bien que quien recibe el pseudocumplido hasta se lo cree. Hombre, también es cierto que casi siempre preferimos creer aquello que nos dicen relacionado con nuestra fachada, porque… anda que no nos mosqueamos ni nada cuando nos llaman fe@s o gord@s, aunque lo seamos y lo estemos.
Quien sabe si ponernos guapos nos da cierto grado de felicidad, y ese estado de embriaguez logre que compartamos con el resto de los congéneres el subjetivo arte de la belleza. O, por el contrario, y precisamente por no
estar a gusto dentro de nuestro envase de piel, necesitemos el reconocimiento exterior que, a modo de aditivo, sustituya la autoestima que no somos capaces de generar en nuestra mente.
Lo que está claro es que la moda, en cualquiera de sus
acepciones, nos hace ser cofrades de las tendencias de temporada.
Vaya por delante que ante todo y sobre todo, las personas son libres de ir
aliñadas como quieran, ¡libéreme dios de criticar a l@s de la pasarela Cibeles y gregarios!
Y ya que cito a cofrades y gregarios, permítaseme mostrar sendas fotos tomadas en las procesiones de la semana santa de Zamora. Y es que en ese caso desde luego que no hay discusión a la hora de elegir modelo.

Foto: Semana Santa 2007 - Zamora

lunes, 7 de enero de 2008

Bostezos




A veces he soñado cosas que de haberse cumplido, estoy segura que hubieran perdido su encanto. Bien cierto es que tampoco hace falta que se cumplan todas, o que se cumplan del todo, para que la ilusión por ellas permanezca intacta. No viene a cuento enumerarlas, entre otros motivos porque aún no existen vocablos que puedan definir un sueño cuando éste forma parte indisoluble del alma de quien lo sueña. Me refiero a ese tipo de deseos que son el hipocentro de la nostalgia y que son tan íntimos, tanto, que nadie más que uno mismo sabe de ellos y los resguarda de la lluvia ajena, poniéndolos a buen cuidado, bajo el tejadillo de la discreción más absoluta.
Y luego existen otro tipo de sueños que, bien sé, nunca jamás van a materializarse porque son, más que sueños, utopías. Éstos, en cambio, sí son contables aún a riesgo de levantar más de una risotada disfrazada de sonrisa (pero qué más me da, si una de mis aficiones favoritas es la de ser payasa), porque es que sueño con volver a descubrir el Amazonas navegando en mi velero, escudriñando, palmo a palmo, las orillas y las tribus. Y también sueño con sobrevolar en mi aeroplano la cima de las nubes y ver, sin pasaportes y sin lindes, los mares y las islas extraviadas.
Y es que en estos casos, lo que se sueña, siempre acaba convirtiéndose en bostezo.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Dos mil ocho


Subamos los peldaños que subamos, la escalera de caracol siempre nos lleva hacia el desván; no importa de qué lado subamos, si apoyados en la barandilla o rozando la pared, subimos y subimos hasta que la espiral nos engulle y entonces ya no distinguimos si subimos o bajamos.
Si paramos durante el trayecto, quien nos engulle es la propia vida. Pero realmente nunca nos paramos, es un efecto óptico. Nada está estático, todo se mueve a nuestros alrededor aunque en ocasiones ni tan siquiera percibamos cómo oscila el entorno.
Se mueven las raíces de los árboles haciendo estremecer, de puro placer, las entrañas de la tierra.
Se mueve el aire, que erosiona las rocas, moldeando y mudando su forma y su tamaño: el viento, aquí o allá, no para jamás.

Se mueve el mar y se mueven las nubes (esa manía suya de evaporarse y volver a caer…).
El vaivén del corazón mueve la sangre que, a su vez, nos empuja ayudándonos a subir esos tramos de la vida; no importa si estamos de pie, si estamos sentados, si dormimos o, simplemente, si decidimos parar para maldecir o meditar. La mente, pues, también se mueve.
Se mueven las cosas que están quietas porque la tierra no deja de girar. Se mueve todo, hasta el silencio de las tardes tristes, porque detrás de cada palabra que no pronunciamos, existe un suspiro mudo que mueve nuestro tórax hasta el instante mismo del duermevela en el que tampoco permanecemos quietos porque esa misma cavidad se va hinchando de sueños del mismo modo que se desincha de … de… (¿un antónimo de sueños, por favor? Es que no encuentro la palabra…).
*
Y llegados a este punto, confieso que lo que realmente quería, admirados bloguer@s y respetados lectores de blogs, es desearos todo aquello que deseo para mí: que el 2008 nos sea benévolo y generoso. Y que los besos, los abrazos y los te quiero, sean ya para siempre células vivas de nuestra piel.
* Quizá quise decir realidades, pero ya no me acuerdo.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Ventanas

Detrás de cada ventana hay una historia y detrás de cada historia hay un motivo. Un motivo, o varios, que fluyen –e influyen- cuerpo a través, formando cauces en el alma hasta conformar el modus vivendi de cada ser humano.
Detrás de cada ventana hay una razón, o varias, que impulsan los engranajes de la risa o del llanto con la arbitrariedad de un pelele. Y es que a veces los porqués tienen forma difusa o, sencillamente, carecen de forma aunque nos embarquemos en el amanecer con la esperanza de hallarlos un puerto más allá.
Mientras tanto, en la calle, la luz del día está yéndose y la noche inminente va tiñendo de un azul inexistente el color de las fachadas.

jueves, 11 de octubre de 2007

Medio kilo de sardinas en Lisboa


Un día, hace unos cuantos otoños, un mendigo vocacional llegó a mi pueblo y se quedó durante un tiempo a vivir aquí. Alguien le dejó un coche viejo –un 2 caballos- para poder dormir resguardado del frío y de la lluvia de esta tierra mía que no perdona las heladas; el resto de las horas las pasaba de acá para allá. Ayudaba a barrer la plaza o a recoger las terrazas de los bares.
Era andaluz. Un andaluz encantador, educado y culto. Barba de muchos años, espesa y gris, y una mirada brillante.
Supongo que en su día decidió renunciar a todo y echarse a la calle. No admitía más limosna que lo que fuera a consumir, bien en comida, bien en dinero, porque el pan que le sobraba consideraba que era una inmoralidad tirarlo, y con los duros de más solía emborracharse y era perfectamente consciente de que perdía las formas. De hecho, a veces, las perdía.
Era un tipo entrañable. Se llamaba Bernabé. A mi me gustaban sus maneras, y presumo que al resto del pueblo también le gustaba, pero no puedo afirmarlo porque la estructura colectiva de la gente no es homogénea y vaya usted a saber cuantas suspicacias puede despertar una persona libre en un entorno variopinto, acostumbrados como estamos a prejuzgar por el aspecto exterior más que por el interior. Y no es que esté intentando criticar la vida cotidiana de un pueblo, qué va, qué va; lo que intento hacer, con mejor o peor fortuna, es un retrato robot de una comunidad rural que tantos puntos en común tiene con las comunidades capitalinas o, mejor dicho, urbanas. Pero tampoco voy a meterme en berenjenales porque seguramente exagere o me quede corta. La precisión no es precisamente mi fuerte.
Tengo alguna anécdota de Bernabé que, contada así, evidentemente carece del efecto visual que me causó. Hay mucha gente que dice más con sus ademanes o con su mirada, que las palabras ajenas por mucho que una se quiera acercar a los hechos.


Una mañana alguien le peguntó que cuánto hacía que no se afeitaba. Él, distraídamente, miro hacia otra persona que pasaba por allí e inmediatamente le soltó:
-¿Cuánto vale el medio kilo de sardinas en Lisboa?
-Pues… no tengo ni idea -contestó perplejo el tercer hombre-
Y añade Bernabé, ya mirando a la primera persona:
-Lo mismo me pasa mi... que no tengo ni idea de los años que hace que no me afeito.


O aquella otra vez en la que me contaba, no sin emoción, que un día estaba viendo un partido de fútbol en un bar, y que en un momento determinado, el cámara apuntó directamente al cielo; era una noche de luna llena y durante varios segundos en la pantalla la única imagen que quedó fija era precisamente esa, la de una luna llena exuberante. Entonces él, desde la ventana que daba a la calle, miró hacía arriba y allí mismo estaba la luna, que era la misma que la de la televisión. Me dijo que estaba, si mal no recuerdo, en Valencia, y el partido se retransmitía en directo desde otro país europeo.
Entonces yo me lo imaginé mirando hacia el cielo y hacia la tele casi simultáneamente, disfrutando del doble placer de una misma luna. Y me lo imaginé así porque así, emocionado, me lo trasmitió.
No sé, quizá esté idealizando a este hombre, quizá esté pasando por el cedazo de mi memoria instantes de hace ya muchos otoños. Ya sabemos la destreza que tiene la mente a la hora de cribar recuerdos. Pero no, no, Arroba y Queta también lo conocieron y más de una vez hemos hablado de él.
Años antes de Bernabé, en mi pueblo tuvimos otro mendigo forastero no menos pintoresco, Pepechurra lo llamábamos. Sólo que por aquellos entonces ser mendigo era sinónimo casi de bufón y acababa siendo siempre el blanco de todas las burlas.
De Pepechurra se contaban historias infinitas. A eso ahora se le llama leyendas urbanas, pero me resulta a mí el término muy recargado, casi como cursi.
Se decía que Pepe era de una familia multimillonaria y que se había marchado de casa porque… La verdad es que ahora mismo eso trozo de la historia no lo recuerdo. Lo que está perfectamente archivado en mi memoria es la parte en la que decían que de vez en cuando se veía a un señorón en un Rolls-Royce detrás de él. Hablo de hace unos… treinta y muchos años.


Estamos a mediados de octubre. El mes más bello del calendario. La foto que pongo, que está sacada esta misma tarde, fue quien me inspiró esta entrada.

viernes, 5 de octubre de 2007

Sin dios

Domus Municipalis- Bragança, Portugal


No tengo más patria que la bóveda de mi cuerpo,
y aún así mi corazón, en ocasiones, ni siquiera me pertenece.
La tierra que pisan mis pies mil veces antes fue pisada.
Porque... ni es mía, ni era suya, ni será nunca de nadie.
No existen en mi vida banderas que escondan injusticias
ni tronos que perpetúen una estirpe inventada.
No hay un dios que cautive mi espíritu
ni existirá jamás en mi camino un recodo en el que apostarme,
palabra en mano,
para privar de libertad, o de vida, a un semejante;
ni en el nombre de ese dios
ni en el nombre de ningún inflamado patriota
enardecido por el ansia de poseer el Universo.
Porque el Universo, mi universo,
va desde mi mente hasta la suela de mis zapatos,
incluyendo mi sexo y mís poemas.
Y por eso yo decido
que no quiero más patria que mi cuerpo y mis sentidos.

lunes, 1 de octubre de 2007

Las orquídeas de Isabel (II)

Pongo aquí las orquídeas, porque merece la pena verlas en grande.
Toditas para tí, poeta.










Las orquídeas de Isabel



¡Qué delicadeza!

Esto es un experimento. No sé si se verá bien porque son fotografías que he dado formato de vídeo (o como quiera que se explique) y no sé yo...
Si alguien me confirma que se ve y, además, que se ve bien, me podré contenta.
Dicen que hay unas ventisiete mil especies de orquídeas. ¡Ahí es nada!
Y también dicen que sus flores son hermafroditas y que su nombre deriva del griego orkhis (testículo) por la forma de sus pseudobulbos.
Dicen también que Confucio fue gran amante de esa flor; consideraba que "la vinculación con un ser superior era como entrar en un mar de orquídeas".
Qué historia más bonita para escribir un cuento...


sábado, 29 de septiembre de 2007

Tengo caspa


Gato en el tejado. Alcañices (Zamora)
Sé que cuando sea una ancianita encantadora de pelo totalmente gris y arrugas en las entrañas, me arrepentiré del todo el tiempo que he perdido entre toma y toma de decisiones que, al final, de cada diez, sólo media salió adelante.
Recuerdo que mi primer deseo (no carnal) fue ser periodista, luego bióloga, más tarde arquitecta, pero antes de
todo eso, poeta y escritora. Escritora de grandes novelas cuyos argumentos guardo bajo palio en mi mente a la espera de ser desarrollados dentro de unas tapas duras, y con letra bastante legible (no soporto las ediciones de bolsillo).
Me da igual lo que me diga a mi misma, o lo que me digan los demás, porque soy de piñón fijo y tengo la cabeza cuadrada (adornada, eso sí, con una abundante cabellera que tapa una dermatitis seborreica que no tendría inconveniente en vendérsela a precio de saldo al primer ignorante que se interesara por ella).
Digo esto porque esta tarde me he dado cuenta que ya estamos a finales de octubre y hace nada estaba a punto de comenzar agosto. Los meses a veces se me pasan de dos en dos. Hasta el calendario se mofa de mí. Pero más tonta soy yo que lo dejo; desde luego que no soy del gremio de los hiperactivos ni falta que me hace, pero es de justicia reconocer que, aunque sea lo más fácil, es incomodo.
Lo malo es si -con todos estos antecedentes- me convierto en vez de en una anciana encantadora, en una vieja cascarrabias, renegrida por los malos humores, que añora más que nada una vida que le correspondió y sin embargo dejó escapar entre las grietas de un falso conformismo (léase
incapacidad para hacer otra cosa que no sea nada).
Menos mal que la fotografía me asiste en estos escasos momentos de crisis existencialistas.
Y a todo esto, permítaseme un par de preguntitas sin mala intención:
-¿Os gustan las ediciones de bolsillo?
-¿Qué champú usáis?
Cambiando de conversación... llevo dos semanas diciéndome:
-A ver, bonita, cuando te animas
a poner reseñitas en tus blogs* de culto, que eso a ti te gusta más que a un alcalde las comisiones.
(* ¿Leí en algún sitio que la R.A.E. admitió ya la palabra blog, o me lo he inventado?)
Foto para Moony. Campanario de Cional (Zamora)

lunes, 17 de septiembre de 2007

Casi mil días



"Lo siento pero… hemos acabado. No insistas, es mi última palabra, la decisión está tomada. No tengo nada más que añadir. Adiós, Lola”.
Con estas palabras, Juan ponía punto y final a una relación de casi tres años que jamás había empezado.
El espejo fue su único testigo; despiadado y mudo confidente que le devolvía, detrás cada palabra, el mismo rictus triste con que era pronunciada. Le faltaba convicción, es cierto, pero era necesario poner límites a tan cruel zozobra.
Juan estaba locamente enamorado de Lola. La quería con desbordada pasión, la amaba. La amaba pensando en ella mientras se acurrucaba en su sillón. La amaba en las noches a solas de su cuarto dibujándola con sus dedos. La amaba siempre. La amaba en su coche, en el cine, paseando por el parque. La amaba cuando, allá en los recesos de las 12, iban a la cafetería, pero tan sólo una vez se atrevió a rozarle levemente su mano mientras le acercaba una taza de café. La amaba, sobre todas las cosas, al atardecer de los días.
Los fines de semana no tenían sentido porque no podía verla,
sentada en la silla, mientras atendía el teléfono o pasaba algún informe al ordenador.
Estuvo casi tres años deseándola, pero Lola …no lo sabía.
Ella era guapa y dicharachera. Él era
tímido… Ella era la mujer de su vida. Él era tan tímido…
Lola nunca supo que para Juan fue una diosa durante esos casi tres años que trabajaron juntos y que, a pesar de la decisión de abandonarla, seguiría siendo, en el más estricto de los silencios, la musa de sus poemas, el desvelo de sus noches, el único afán de sus sentimientos, el sentido de su ramplona existencia.
Lola nunca sabrá que la dejó porque nunca supo que la tuvo.
Juan, esa misma tarde, se fue a trabajar a otra ciudad y Lola, al día siguiente, empezó a echarlo de menos. Era –pensaba- tan encantadoramente tímido...

viernes, 7 de septiembre de 2007

Dulce erotismo

Foto: Estación de Medina del Campo (Valladolid)

Sucumbí, sin remedio, a la tentación.
No quería hacerlo; llevaba varias semanas negándome a esa posibilidad sin embargo… al final pudo más en mí la lujuria que el sentido común que debe imperar ante un acto que, a fuerza de ser inconveniente, debí haberlo contemplado como necesario para el correcto funcionamiento de mi salud y mi conciencia.
Llevaba varios días provocándome, y yo procuraba en todo momento no darme por aludida; evitaba cualquier contacto visual con él precisamente porque sabía que si volvíamos a mirarnos, intimaríamos y yo acabaría rindiéndome. La carne (¡mí carne!) es tan débil…
Puesto que desde hacía algunas lunas cohabitábamos en la misma casa, decidí que su lugar en ella fuera lo más lejos posible del mío. Alguna vez incluso pensé en desahuciarlo, pero no tuve valor suficiente. Al acercarme dónde se encontraba, me faltaba decisión para actuar con la naturalidad que se le supone a una mujer que hace algo más de diez años rebasó la treintena y, con disimulo, para que no se me notara mucho, cogía, por ejemplo (qué solmené tontería), una manzana a la que paseaba por mis manos en un torpe intento de emular a los acróbatas de circo mientras emitía unos silbiditos que eran nada más que aire (nunca aprendí a silbar en condiciones, me da una rabia).
Así estuve casi dos meses, evitando cualquier roce carnal. Pero es que… él... me provocaba cada vez que cruzábamos la mirada. La verdad es que de alguna manera yo sentía esa necesidad, una necesidad que extralimitaba los líndes de lo físico.
Al final, esta tarde no pude por menos y lo tomé entre mis manos, con ansiedad lo despojé de su envoltorio rojo y lo mordí con deleite. Dejé que entrara en mí su esencia y, lejos de resistirme, entregué mi cuerpo y mi alma al pernicioso y, sin embargo, placentero acto.
Cerré los ojos y una dulce sensación hipotecó mi mente.
Volví a abrirlos: casi sin enterarme había engullido, de una sentada, media tableta chocolate nestlé. A partir de ese instante, los engranajes de mi conciencia empezaron a chirriar en connivencia con el factor de mi organismo que rechaza el manjar y las orondas calorías que empezaban a tomar posesión de sus dominios dentro de la ya de por sí rolliza estructura abdominal que poseo.
Y ahora me siento como si estuviera en medio de la vía, tentando la suerte, aún a sabiendas que el tren no se detendrá y la única opción sensata hubiera sido ponerme a salvo en el andén, como aquella vez de la foto que ilustra esta confesión.
Me dijo la alergóloga que el chocolate me provocaba alergia pero aún así llevé una tableta de tan sutil manjar para casa, más que nada por… si subía algún niño. Pero es que resulta que ahora a los niños ya no les gusta el chocolate tanto como nos gustaba a los de mi generación. Y de verdad que hubiera sido una pena dejar que se pusiera rancio.
Qué los dioses sepan comprenderme.
Total que ahora me toca rezar esa oración que hace años pulula por Internet: “Señor, si no puedes hacer que adelgace, haz que engorden todas mis amigas. Amén”. Y bueno, para compensar, tendré que buscar otra jaculatoria que disculpe mi falta de sentido común ante la desobediencia de una prescripción facultativa.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Esperando al otoño con los poros abiertos...


Girasol (Alcañices)


Lago de Sanabria (Zamora)

Al otro lado de la catedral (Zamora)